Los límites son la realidad

No, no es mía la frase. La escuché en una charla reciente y me puse a pensar sobre eso.

¿Qué es la realidad? Parece que todos tenemos alguna idea sobre la realidad o, al menos, la capacidad para describirla, incluso para negarla categóricamente aunque pocos tratan de lidiar con ella.

No sé si los límites son la realidad, pero sí creo que la ausencia de limitaciones no lo es. Tengo un cuerpo, mi mano llega hasta donde da mi brazo, no más. Soy hombre, no mujer, tengo una edad y no otra, estoy aquí y no en otro lugar. Si no como desfallezco y si no descanso acabo machacado. Nací con dos piernas, pero si me faltase una no me movería igual. Tengo límites materiales, espaciales y temporales; esa es mi realidad.

Alguna vez he pensado correr más que mi sombra, alargar mi brazo hasta la luna nacer antes de haber nacido y no morir nunca, volver al ayer para enmendar lo que hice mal y avanzar hasta mañana para prepararme el camino… en salir de mi realidad. Parece poético y lo es, pero empeñarse en no ser quien se es ni estar en dónde se está y tratar de escapar compulsivamente del presente es una fuente de insatisfacción permanente, lo tengo comprobado.

Los límites son la realidad porque solo podemos partir de dónde estamos y ser quienes somos, no hay más. Muchas veces no nos gusta esto y desearíamos estar en otro lugar, en otro tiempo, o ser otra persona, pero es imposible. No hay escapatoria del “aquí y ahora” y eso debe ser la realidad.

La persona de la charla, Emily Levine, está enferma de cáncer avanzado y habla de vivir, de vivir con limitaciones, y de morir, que es otro límite. Pero habla con alegría de esas limitaciones. No hay que llorar por el miembro perdido si te quedas cojo o manco, sino hacer lo que puedas con el que te queda. No hay que angustiarse por la salud perdida, sino hacer lo mejor con la que te queda. No hay que esperar a otro tiempo para ser feliz (y ¿cuándo va a llegar?). No hay que esperar a otra vida para vivirla, ya tenemos una.

He pensado sobre esto y trataré de conocer mis límites y honrarlos porque me hacen ser como soy. Y disfrutar lo que pueda en ese proceso, en eso que llamamos vivir.

Autoría e imagen: Pascual

Impulsos

He comprendido que la realidad no es la que a mí me gustaría. Siento en mi interior el impulso de aceptar la situación actual, de dejar de negarla, de dejar de idealizarla, de dejar de seguir preocupándome por ella. Frunzo el ceño y me enfado debido a esta apertura de mente. Me siento suelta, como si algo se desconectase de mí, algo ajeno a mí, algo que no me pertenece. Tengo ganas de llorar, pero no lloro. Me siento triste, pero no en exceso. La vida me ha mostrado lo que hay y yo tengo que aceptarla. Nada va a cambiar, si yo no cambio. Suelta el control, deja de negar lo que no quieres ver. No lo adornes, no lo camufles, no te ates a lo que te hace sufrir. No se puede batallar contra una pared que no tiene pinta alguna de quererse mover.

Cuerdas invisibles

Miedos irracionales que te tiran hacia atrás,

como una cuerda invisible que fuerte te ata.

Situaciones poco creíbles que suceden en realidad.

Esas de las que te has cansado,

de las que ya no quieres saber nada.

Personas que llegan a tu vida sin haberlas invitado,

que desequilibran tu mundo,

que te absorben y después se esconden.

Tu lado oscuro que intenta envenenarte,

que saca lo peor de ti, que te hace sentir culpable.

 

 

El amor

He entendido el amor como un “servicio” dotado de enganche, sumisión y admiración. Me ha costado sudor y lágrimas comprender que no es esto, sino un intercambio recíproco de afecto, aprecio, ternura, pasión.

Cerré los ojos ante la evidente realidad, donde mis exigencias, caprichos y celos fueron siempre los protagonistas de mi vida. Ignoré mis actitudes histéricas y narcisistas que me convirtieron en aquello que tanto rechazaba, huía.

Ahora, puedo amar de verdad. Sin ataduras, sin pedir nada a cambio, sin exigencias, sin ilusiones… Solo sintiendo en el presente esa hermosa emoción que muy pocos pueden disfrutar de verdad.

El amor sincero, el amor real.

¿Miedo?

¿Qué te atreverías a hacer si no tuvieses miedo?

Si esas inseguridades no te atravesasen como una espada.

Si dejaras toda esa falta de confianza atrás

y empezaras a creer en tus destrezas y habilidades.

 

¿Qué pasaría si por un momento pensases solo en ti?

Alejando a todas esas personas que solo hablan mal de ti.

Que te dicen que no eres capaz, que estás limitada,

¿qué pasaría si por un momento les llevases la contraria?

 

Deja de tenerle miedo al miedo,

deja de dejarte influenciar por los demás.

Por personas que se apoderan de ti

porque tú te muestras vulnerable, sumisa.

 

Deja de posponer todas esas locuras

que por tu mente pasan haciéndote soñar con imposibles.

No lo son, así que deja de pensar así

y empieza a caminar despacio,

lenta pero segura,

hacia todo eso que antes creías una fantasía.

 

Éramos tan ingenuos

Éramos tan ingenuos,

tan inocentes,

que cuando el amor afloró

nos sentimos vencidos.

….

No queríamos caer,

no queríamos repetir

la historia que un día nos dolió,

aquello por lo que un día quisimos morir.

….

Pero ingenuos nos dejamos llevar,

sin ser consecuentes de la realidad.

Nos dimos cuenta demasiado tarde,

ya estábamos enfrascados en una vorágine.

….

Sentimientos confusos nos abordaban,

emociones incoherentes nos alentaban

a seguir una historia cuyo final ambos sabíamos,

no teníamos futuro, nos sentíamos dolidos.

….

Queríamos parar, pero no podíamos,

nuestras ganas eran más, aunque así nos consumíamos.

Quisimos frenar, pero la necesidad nos instaba

a vernos cada vez más para aplacar nuestras ganas.

….

Cuando nos dimos cuenta chocamos contra un muro,

abrir los ojos fue lo más duro.

Empezamos a llorar, llevamos esto demasiado lejos,

el final se hizo presente y el adiós inminente.