Si no da señales de vida

Si no da señales de vida, es como si la sangre dejase de fluir por mi cuerpo. Una llamada que no se responde, un mensaje de WhatsApp que tarda largas horas en responder, continua vigilancia a que dé una mínima señal de vida…

En estos instantes mis manos se quedan frías, toda yo tengo frío y ninguna ropa, ni ducha de agua caliente, es capaz de aliviar los escalofríos que recorren mi cuerpo. No importa que nos encontremos en el más caluroso verano. El frío me inunda por fuera… por dentro.

Pero, cuando aparece, la sangre vuelve a recorrer mi cuerpo devolviendo mi cuerpo a la vida, brindándole color a mi rostro que, antes, tenía un preocupante color pálido. Mis manos, antes frías, ahora gozan de un confortable bienestar cálido. Hasta que todo vuelva a suceder de nuevo, una y otra vez, algo esperable…

Poco.

Queda muy poco.

Para que ese bienestar cálido no dependa de ti, sino de mí. Tal y como siempre debería haber sido.

 

El miedo a soltarte

El miedo a soltarte ha provocado que, durante años, mi vida se haya convertido en un tira y afloja. Las ansias de libertad fueron reprimidas, cuando yo misma osé cortarme mis propias alas. Esas de las que tan orgullosa estaba. Esas que eran parte de mi esencia.

Puede sonar horrible, terrible. Pero, no me arrepiento. A pesar de que no hay vuelta atrás, ha sido todo un reto afrontar el miedo a soltarte que, tantas veces, ha hecho que me diese contra una pared, esperando que cambiases cuando en mi fuero interno yo sabía que eso era imposible y que era una sandez esperar tal cosa.

Hubo un día, bueno no solo uno, varios. El miedo petó a mi puerta, yo la abrí y me zarandeó tan fuerte que hizo que me perdiese. Me encontré ante un abismo sobre el que daba vueltas. Era incapaz de encontrar la salida y así pasaron días, meses y años.

Ver la luz no fue algo sencillo. El miedo se convirtió en mi amigo y tuve que aprender de él, aceptarlo en lugar de negarlo, pero ponerle límites. Poco a poco, fue haciéndose pequeño. Ya no me producía tanto temor. Fue, entonces, cuando el miedo a soltarte desapareció.

Te solté.

Me dejé ir.

El amor propio

Qué maravilla es reconocer la realidad de los finales,

deshacerse de la creencia de lo durable,

de los “para siempre”,

de lo que ata y te llena de sufrimiento.

Sentir la liberación de lo que tendrá un fin,

aunque no sepamos cuándo,

ni cómo,

para alguien que transita por el camino

de la dependencia a la no dependencia

 es un bálsamo lleno de impulso

para continuar adelante

en la búsqueda de un único amor:

el amor propio.

La espiral de la dependencia

La libertad que se saborea después de vivir en la oscura dependencia, hace que la incertidumbre te haga dudar de tu elección. Sin embargo, algo te agrada, la curiosa sensación de ser feliz para ti, de vivir para ti, de no necesitar de nadie para poder existir. Cuando sales de la espiral de la dependencia, te vuelves a descubrir. Ya no necesitas deslumbrar a nadie. Ahora te tienes a ti.

Si te hace sufrir, ¿qué haces ahí?

Te hace sufrir, la relación es un suplicio, pero sigues ahí. Algo te ata, pero no sabes lo que es. Solo sabes que quieres a tu pareja y en tu mente no paras de recrear todos los momentos en los que habéis sido tan felices. Mientras, cierras los ojos ante lo que en realidad está sucediendo.

Cuando vemos en las noticias que una mujer no ha querido denunciar a su marido que la maltrata, cuando alguien nos cuenta que un miembro de la familia no es feliz en su relación, no damos crédito y vemos las cosas bien claras.

Sin embargo, cuando nos ocurre a nosotros nos resistimos bastante a cambiar la situación. Ya podemos estar sufriendo como nunca, ya puede la gente que nos quiere repetirnos que tenemos que ponerle fin a eso que ahí seguimos.

Procesos cognitivos del romanticismo desmesurado

Existen ciertos procesos cognitivos sobre las relaciones amorosas y sobre la manera de amar a alguien que lejos de ser saludables, son fruto de creencias instaladas y consideradas verdaderas durante años.

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Dentro de estos procesos cognitivos existen algunas ideas irracionales automáticas como las que a continuación exponemos:

  • Mis intereses y necesidades giran alrededor de mi pareja, por eso abandonaré mis propios intereses, amistades y lo que haga falta.
  • Es mi pareja la responsable de mi felicidad y satisfacción, pues yo me he volcado en ella sacrificando determinadas cosas (el punto anterior).
  • Mi pareja no puede cambiar, tiene que ser tal y como era al principio. Si cambia creeré que todo se acaba, me volveré catastrofista.
  • Las discusiones en la pareja son sinónimo de que algo va mal, que ya no nos queremos, que la relación está en las últimas…
  • Tengo que sentir celos, si no los siento es porque en realidad no amo a mi pareja.
  • No pueden atraerme otras personas, ya que eso significa que no quiero a mi pareja.
  • Como mi pareja me quiere, tiene que saber lo que pienso y lo que siento sin yo tener que decírselo.
  • Si algo me molesta me callo y me aguanto hasta que no pueda más, porque lo principal es evitar discutir y, además, mi pareja tiene que darse cuenta por sí sola.

Todas estas creencias provocan que las relaciones terminen transitando por senderos muy escabrosos, llenos de dolor y de un sufrimiento innecesario. Todo porque estamos atados a estos procesos cognitivos que se han heredado generación tras generación.

La pareja no lo es todo

Muchas veces, nos sacrificamos y no intentamos cambiar de rumbo para dejar de sufrir en una relación porque creemos que la pareja lo es todo. Consideramos que tener pareja es el summum de la felicidad. Irónicamente, a veces se convierte en todo lo contrario.

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Nuestras ansias de felicidad que dejamos en manos de nuestra pareja, nos hace buscar, anhelar y atarnos a la primera persona con la que parece que las cosas pueden ir bien. No obstante, todo es fruto de una necesidad imperante y, ante todo, aprendida.

Muchos de los procesos cognitivos tratados podemos identificarlos con la dependencia emocional y así es. De hecho, se podría decir que todos ellos son la base de lo que después puede terminar convirtiéndose en ese amor tan tóxico, dependiente, asfixiante.

En ocasiones, no nos paramos a analizar muchas de las creencias que están en nuestra mente, que guían nuestras conductas y que afectan a nuestras relaciones. Sin embargo, hacerlo puede ayudarnos a paliar muchos sufrimientos inútiles y disfrutar más de la vida.

“Terminar una relación no es un fracaso, fracaso es continuar con una relación insana, improductiva y carente de evolución”

 

 

 

Amor y dolor, ¿van de la mano?

Amor y dolor

He recibido varios comentarios en los que se asocia el amor con el dolor. Un dolor que en ocasiones mata, que te insta a sufrir por esa persona que para ti lo es todo y que te aboca a hacer las locuras más grandes que ponen en jaque tu amor propio.

Sería hipócrita decir que yo nunca pensé que amor y dolor iban de la mano. Pero después de varias experiencias en las que esta realidad se manifestó, si continuase con esa creencia en mi cabeza, desde luego renunciaría a amar a alguien.

Si cuando toco un cactus me duele y aprendo a no cometer el mismo error, ¿por qué el amor aunque me pinche sigo aguantando y creyendo que un día dejará de provocarme ese dolor?

Dolor sano versus dolor insano

Es cierto que existe en ocasiones dolor en la pareja, un dolor que se puede calificar de “sano”. Ese dolor surge cuando vemos a la persona que queremos sufrir y su sufrimiento nos duele, nos rompe por dentro.

Sin embargo, este tipo de dolor se confunde con el que yo denomino “insano”. Un dolor que uno mismo permite que el otro le cause. Un dolor que puede ser fruto de un amor no correspondido, de una manipulación encubierta, de un maltrato físico, de repetidas infidelidades que minan la confianza en la pareja…

Todo esto nos provoca dolor, un dolor malo que hace que el amor se desgaste y que, con el tiempo, la relación se termine. Sin embargo, como en nuestra cultura existe una frase que pulula por nuestras cabeza como es “el amor lo puede todo”, creemos que soportar cualquier tipo de dolor por amor es factible, pues lo justificamos con “es que lo quiero tanto” o “estoy tan enamorada de esa persona”.

Y es que en todo esto hay algo de lo que no nos damos cuenta. No ponemos límites a nuestras relaciones de pareja. Amamos incondicionalmente como si la otra persona fuera un bebé, nuestro bebé. Ese que nos puede manchar, escupir, gritar, impedir dormir, pero que con una simple sonrisa hace que todo esto se nos olvide.

Sin embargo, nuestra pareja no es un bebé, sino una persona adulta. Y si te escupe, vete; si te grita, vete, si te maltrata, vete. Porque amar incondicionalmente a alguien que no sea un hijo, es una trampa mortal que puede acabar contigo.

¿Cuáles son nuestros límites?

Cuando no ponemos límites en una relación sufrimos, ya que permitimos cosas que van en contra de nuestros valores pero que en nombre del amor toleramos sin ningún miramiento. Sin embargo, en nuestro interior, esto nos está matando literalmente.

Si yo no tolero la infidelidad, pero mi pareja me ha sido infiel, lo correcto sería finalizar la relación. Pero, como creo que el amor lo puede todo y considero que estoy muy enamorada, entonces me aguanto, “perdono” (porque en realidad no lo hago, guardo rencor aunque no lo quiera reconocer) y seguimos adelante como si nada.

mujer ciega

En la mayoría de las ocasiones incluso ni siquiera se habla del tema con profundidad. La pareja no habla de su dolor, de lo que piensa, ¡nada! Se sigue hacia adelante como si se hubiese pasado página. No obstante, un límite ha sido franqueado y esto nunca se olvida aunque así nos creamos convencer de ello.

Con el tiempo, lo normal es que la pareja vuelva a ser infiel y nosotros como ya lo hemos tolerado una vez cedemos de nuevo. Pero, nos vamos volviendo más fríos. La relación ya no es igual. Nos guardamos todo lo que sentimos por dentro mientras aguantamos en una relación que va haciendo aguas.

Nos duele, sí, pero en ningún momento pensamos en dar puerta a esa relación. Dejamos que esta por sí sola se vaya al traste. Porque o nuestra pareja se va con otra persona o al final terminamos nosotros poniéndole los cuernos y mandándola a tomar viento o seguimos viviendo así hasta que al final continuamos juntos porque ¡qué pereza después de tantos años!

Por eso, si queremos tener relaciones sanas tenemos que pensar ¿qué no tolero yo? ¿Qué fume? ¿Qué me sea infiel? Para cada persona es una cosa diferente. Y en el momento en que estos límites nuestros se sobrepasen, ¡adiós! Ni amor ni esperanzas ni expectativas. Hay que irse de esa relación.

Si es amor del bueno, no duele

Así que cuando hablamos de amor de verdad, este no duele porque no manipula, no hace daño al otro, no engaña… Porque en el amor de verdad hay confianza, honestidad, cariño de verdad, compasión por el otro. ¿Cuándo duele el amor?

Cuando dependo de mi pareja para ser feliz, entonces me aferro a ella porque “sin ella no soy nada”, “sin ella me muero”, “sin ella mi vida no tiene sentido”… Cuando permito que me humillen y me maltraten en nombre del amor. Cuando tengo hijos para salvar una relación, cuando dejo de ser yo para ser como la otra persona quiere, cuando no respeto mis límites, cuando dejo de respetarme yo y me abandono a la otra persona y cuando creo que sin esa persona yo no seré feliz.

Aunque estar en pareja es algo maravilloso, tenemos que aprender a estar bien solos. Porque si no la pareja en vez de ser un compañero de viaje se convertirá en nuestro salvavidas que en vez de llevarnos a la orilla nos hará nadar a la deriva.

amor dañino

Primero debemos cultivar nuestro amor propio y no permitir determinadas cosas que nos hacen daño, que minan nuestra autoestima, que nos hacen sufrir, llorar, retorcernos en un dolor insano.

Si alguien te hace llorar, si alguien te utiliza, si alguien te engaña, si alguien te maltrata, si alguien no te tiene en cuenta, si alguien te ignora, si a alguien le resultas indiferente, pero está contigo en una relación, ¿de verdad crees que te está amando?

Tal vez sí, pero de una manera insana, que no te mereces y que no debería ser un motivo de justificación para seguir tolerando una situación que está terminando contigo, con tu autoestima y con tu propia vida.

Empieza por amarte tú, por hacerte cargo de tu vida.

 

Imágenes: Aykut aydoğdu

Estoy completa

Me gustaría decirte que aún te extraño,

pero más extraño mi propia ausencia.

Esa parte de mí que he dejado de reconocer,

me siento rara en este cuerpo.

Me gustaría decirte cuánto te amo,

pero para ello debería antes amarme a mí misma.

Algo que nadie me ha enseñado a hacer,

algo que ha supuesto este terrible final para los dos.

 

Seguiré mi camino sin ti, pero conmigo.

Ya no me siento sola.

Estoy completa.

 

Imagen: Oriol Angrill Jordà’s

Soltando amarras

Mujer en la calle sufriendo dependencia emocional

¿Qué tal estás? Quizás dudando sobre lo que tu interior desea proclamar. Un arrebato de locura, pero de determinación absoluta. Una decisión que cerrará puertas, pero que abrirá otras, muchas.

Es el momento de decir adiós a la culpabilidad y también al miedo. De mandar a tomar por culo a aquellas personas que te han hecho daño sin ningún miramiento. Sé que te sientes mal porque temes los cambios. Pero, si lo piensas bien, ya hay muchas heridas producto de las veces en las que te has arrastrado.

Ahora debes ser egoísta, velar por tu propio bien. Poco importa si los demás lo aprueban o no, ¡qué les den! Al fin y al cabo este camino lo vas a emprender tu sola. Sí, la soledad te espera y estás lista y preparada para amistarte con ella.

Se acabó priorizar al otro y desvivirte por él, cuando en realidad el amor se convertía en tu mayor calvario. Ya basta de dudar tanto y de no hacer lo que te da la gana. No pienses, actúa y suéltate de esas amarras.

Cuerdas que te mantenían bien atada a los demás, porque si una sola se soltaba la ansiedad te abordaba, así sin más. Tenías tanto miedo a eso que tanto buscas ahora. La libertad de ser tú misma, de no dejar tu felicidad en manos extrañas, ajenas.