Cuando nos volvemos tóxicos

Cuando nos volvemos tóxicos

Quizás tengamos algún libro en casa en el que se expongan las características necesarias para que podamos identificar a las personas tóxicas. Es posible que lo hayamos leído con avidez y asintiendo con la cabeza mientras nos venían a la mente imágenes de personas cercanas. Tal vez, esto lo hayamos visto en un vídeo de YouTube o similar. Pero hay algo sobre lo que es muy posible que nunca hayamos reflexionado y es cuando somos nosotros los que nos volvemos tóxicos.

¡Vaya! ¿Es esto posible? La verdad es que sí. En determinados momentos de nuestra vida puede que nos volvamos tóxicos para los demás, pero es importante que nos demos cuenta, que analicemos mirando hacia el presente o pasado cuándo esto ha ocurrido. Para ponerle freno. Para no perpetuar un patrón de comportamiento que es nocivo y dañino.

¡Yo no soy tóxico!

Hay un dicho que, la verdad, es bastante cierto y es que solemos mirar la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Cuando se trata de señalar con el dedo a las personas que puede que sean tóxicas, lo hacemos sin problemas. Pero, cuando nos planteamos la posibilidad de que nosotros seamos los tóxicos, ¡cuidado! El ego se ve dañado y un NO bien grande aparece por nuestra mente para no analizar si esto ha sido así o no en algún momento.

Todos, en algún momento de nuestra vida, hemos sido tóxicos. Podemos negarlo, podemos rebelarnos, podemos no recordarlo. Pero, TODOS hemos tenido actitudes tóxicas alguna vez.

Cuando somos tóxicos, ¿cómo saberlo?

Bien, si hemos seguido leyendo es porque estamos abiertos a la posibilidad de que hemos tenido actitudes tóxicas o hemos sido tóxicos en algún momento de nuestra vida. Pero, esto es difícil verlo. Por eso, vamos a ver algunos ejemplos de toxicidad en los que puede que nos veamos reflejados.

La agotadora queja

¿Recordamos esos momentos en los que no conseguíamos trabajo? ¿O cuándo manteníamos relaciones con personas que nos hacía daño y ahí continuábamos aferrados? Por mucho que las personas de nuestro entorno nos decían “sal de ahí”, “esto no te hace feliz”, “si te duele, ¿por qué sigues ahí? continuábamos cayendo una y otra vez en lo mismo.

Es cierto que es fácil ver las situaciones desde fuera. No obstante, a pesar de lo que nos decían ¿buscamos ayuda? Si no es así y nos instalamos en una queja que tenían que soportar los demás, nos transformamos en personas tóxicas. No solo para nosotros mismos, también para los demás.

El contagio emocional

Cuando estamos mal durante un largo periodo de tiempo, ya sea porque tenemos la autoestima muy baja o porque estamos en una relación absurda, esto genera en nosotros un desajuste emocional. ¿La consecuencia? Enfados, caras largas, llantos y otra serie de sentimientos que brotan durante un periodo de tiempo largo y que contagiamos a los demás.

Si alguien vive con nosotros, está en una relación dañina, le decimos que busque ayuda, pero no lo hace y durante medio año está en estos vaivenes emocionales, es imposible no contagiarnos emocionalmente. Al final, nos sentimos enfadados por la impotencia y la incomprensión de que esa persona no pida ayuda. Además de escuchar sus “no pasa nada” cuando en realidad sí que pasa. Esa persona está teniendo un comportamiento tóxico.

No queda otra, hay que buscar ayuda

No hay otra solución para lo que nos ocurre. Al igual que si nos duele la barriga vamos al médico, si no estamos bien emocionalmente tenemos que ir al psicólogo. No queda otra para sentirnos bien, para no tener comportamientos tóxicos que ya no solo nos dañan a nosotros, sino a los demás. ¿Es que no nos vemos reflejados en aquellos que señalábamos con el dedo?

Yo soy la primera que he tenido muchos comportamientos tóxicos a lo largo de mi vida. De hecho, con algunas personas de mi pasado no puedo tener contacto porque me saltan automáticamente ese tipo de comportamientos que no quiero reproducir y de los que me avergüenzo. No obstante, he aprendido de ellos, he identificado la porquería en mí en lugar de solo verla en los demás.

Cuando siento que estoy siendo tóxica, me aparto y reflexiono. Veo si es que me debo alejar de esa persona, de si debo tener un momento para mí para luego ser yo de nuevo o si hay que cambiar algo. ¿Tú haces lo mismo o, por el contrario, niegas que hayas podido ser una persona tóxica alguna vez? Ver nuestra porquería es difícil, pero obligarnos a ello supondrá un aprendizaje que nos ayudará a ser mejores personas.

Tanto si estamos con alguien tóxico, como si nos hemos convertido en personas tóxicas, hay que ir al psicólogo como al ginecólogo, al médico o el dentista (mínimo, una vez al año).

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