Ardiendo

Estaba enfurecida. La sangre fluía por mis venas hirviendo. Mis ojos, ahora acristalados, no lograban posarse en ningún sitio.

VENGANZA

Esa era la palabra que mi aliento sordo exhalaba en cada expiración. Necesito salir de casa, necesito verlo a los ojos.

No debía perder ni un instante. Deprisa, salí sin abrigo a la calle en busca de aquello que me proporcionaría alivio. No encontraría el descanso sino.

Vagué, como un animal en búsqueda de una presa. Mi ojos analizaban todo con detalle. Todo era importante. De repente lo vi. Estaba mirando un escaparate, absorto con la lencería femenina. Me produjo asco. Tanto que ni vomitar podía.

Entré en la gasolinera que tenía unos pocos metros delante de mí. Compré gasolina y un mechero. No pensaba. Tenía la mente en blanco pero las ideas muy claras. Me acerqué por detrás ciega de odio y horror, y lo bañé en gasolina. Poco me importaba la gente.

La gasolina lo cegó y aturdió. Le prendí fuego.

“Para que no vuelvas a violar a ninguna niña” fueron mis últimas palabras.

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