Enfrentarse a la vida

Caemos muchas veces en pozos llenos de negrura. Llenos de maldad, de odio y de estupidez, sin duda. Caemos, hasta hundirnos en la más terrible de las miserias. Nadie nos hunde, la verdad. Somos nosotros quienes nos sumimos en esa espantosa oscuridad.

Tras pasar un tiempo, levantamos la mirada. Vemos una leve luz que está sobre nosotros, lejana entre tanta oscuridad. Pensamos, ¿merecerá la pena? Cansados ya estamos de vernos sumidos en tanta oscuridad.

Con decisión, llegado el día, nos levantamos y nos sacudimos el polvo. Es entonces cuando empezamos a escalar por esas paredes que nos dieron cobijo después de un espantoso dolor que nos ahogó en nuestro propio lamento.

Cuando llegamos al final, tenemos que entornar los ojos. La luz nos deslumbra y aún dudamos de nuestra decisión, ¿habrá sido certera? Aún no lo sé, pero lo intentaré.

Cabizbajos y pensativos volvemos al mundo, lleno de luz, del que algún día nos vimos arrancados. Con paso cada vez más firme y sonoro, recuperamos la fuerza, erguimos nuestra cabeza y nos enfrentamos a la vida que un día creímos perdida.

Ya no nos giramos para ver el pozo del que hemos salido. Aprendemos a ignorar lo que nos roza, lo que intenta hacernos daño. Y, en cambio, miramos al frente solventando cualquier obstáculo. El daño es ahora cosa del pasado.

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